Detrás de una lana que podemos meter en la lavadora hay mucho más que comodidad. Hay escamas, química, tecnología, decisiones y un tratamiento que cambia la forma en que esa fibra se comporta.
Hay palabras que vemos tantas veces escritas en las etiquetas de las madejas que acabamos incorporándolas casi sin preguntarnos qué significan realmente.
Una de ellas es superwash.
Más o menos sabemos traducirla a algo muy práctico: esa lana tiene mucha menos tendencia a afieltrarse y, siguiendo las indicaciones de lavado correspondientes, puede soportar bastante mejor algo que normalmente nos da cierto respeto cuando tenemos una prenda de lana entre las manos: la lavadora.
Hasta ahí parece fácil.
Pero después de escribir el artículo anterior y empezar a mirar las etiquetas con un poco más de atención, nos quedó rondando otra pregunta.
Porque podemos encontrarnos una madeja cuya composición diga 100 % lana y, un poquito más abajo, leer que esa lana es superwash.
Entonces, ¿qué significa exactamente ese superwash? ¿Qué le hemos hecho a la fibra para que una lana que naturalmente puede afieltrarse deje de hacerlo con tanta facilidad? ¿Es siempre el mismo tratamiento? ¿Y por qué hay cada vez más marcas y proyectos que especifican si utilizan o no determinados procesos?
Como nos está ocurriendo bastante últimamente, empezamos buscando una respuesta relativamente sencilla y terminamos encontrando una historia bastante más interesante.
Para entender el superwash primero hay que entender por qué la lana afieltra
Quienes trabajamos todos los días con lana aprendemos bastante pronto que agua, movimiento y fibra pueden ser una combinación maravillosa o convertirse en un pequeño desastre, dependiendo de qué estemos intentando conseguir.
La superficie de una fibra de lana no es lisa.
Si pudiéramos acercarnos muchísimo a ella, descubriríamos una cutícula formada por pequeñas escamas que se superponen unas sobre otras.
Esa estructura, junto con la diferente fricción que presenta la fibra según la dirección en la que se mueve, ayuda a explicar por qué, cuando añadimos humedad y movimiento, las fibras pueden ir desplazándose y entrelazándose cada vez más hasta formar una estructura compacta. Es lo que está detrás del afieltrado y de buena parte del encogimiento que asociamos al lavado de la lana. PubMed Central (PMC)
Y aquí aparece una de esas cosas que nos encantan de trabajar con materiales naturales.
La misma propiedad puede ser un problema o una oportunidad dependiendo de lo que queramos hacer.
Si estamos intentando conservar un jersey exactamente como salió de nuestras agujas, que afieltre no nos hace ninguna gracia.
Si queremos hacer fieltro, necesitamos precisamente esa capacidad.
Así que quizá el problema nunca estuvo realmente en que la lana afieltre.
El problema aparece cuando queremos que no lo haga.

Imagen: CSIRO / CC BY 3.0.
Entonces apareció una idea bastante lógica: cambiar la manera en que se comporta esa superficie
Si parte del problema del afieltrado está en cómo interactúan unas fibras con otras, la pregunta parece bastante evidente: ¿podemos modificar esa superficie para impedir que se enganchen con tanta facilidad?
Y llevamos muchas décadas haciéndolo.
Eso es, en esencia, lo que persiguen los distintos tratamientos que hacen que una lana resulte resistente al encogimiento y pueda lavarse a máquina.
Pero aquí viene una primera aclaración que nos parece importante porque nosotras mismas habíamos simplificado mucho este tema durante años:
superwash no es el nombre de un único proceso.
Es una forma de referirnos a lanas preparadas para resistir mucho mejor el afieltrado y el encogimiento durante el lavado, y existen diferentes tecnologías para conseguirlo.
Algunas modifican las escamas de la fibra, otras actúan sobre su superficie mediante diferentes sustancias y otras combinan ambas estrategias. A lo largo del tiempo se han investigado tratamientos con cloro, ozono, enzimas, plasma y otros sistemas precisamente porque conseguir que una lana sea fácilmente lavable sin perder sus propiedades y hacerlo además de una manera industrialmente viable no resulta tan sencillo como parece. PubMed Central (PMC)
Lo que sucede es que uno de esos sistemas ha sido durante décadas tan importante que casi ha terminado convirtiéndose, en nuestra cabeza, en sinónimo de superwash. El cloro-Hercosett.
Y no son exactamente lo mismo.
¿Qué hacemos realmente en un proceso cloro-Hercosett?
Vamos a simplificarlo bastante porque podríamos dedicar un artículo entero solamente a la química que ocurre aquí.
En el proceso convencional existen dos etapas fundamentales.
Primero se realiza un tratamiento oxidativo con cloro que modifica la superficie de la lana y actúa sobre las escamas.
Después se aplica una resina de poliamida-epiclorhidrina, conocida como Hercosett, que se fija a la superficie de la fibra y ayuda a evitar que esas escamas terminen entrelazándose unas con otras durante el lavado. Woolmark
Y funciona realmente bien.
Esa es una parte de la historia que tampoco tendría mucho sentido esconder.
El cloro-Hercosett consiguió una resistencia al encogimiento muy elevada, con buenos resultados después de lavados repetidos, y permitió que la lana pudiera entrar en usos para los que el cuidado tradicional resultaba una barrera importante. La revisión científica que hemos consultado lo describe como uno de los tratamientos históricamente más eficaces y económicos para conseguir lana resistente al encogimiento. PubMed Central (PMC)
Pensad, por ejemplo, en unos calcetines, en prendas infantiles, en primeras capas o en ropa que necesitamos lavar constantemente.
Pedir a todo el mundo que lave cada una de esas prendas a mano, la coloque cuidadosamente sobre una toalla y espere a que se seque puede terminar provocando que muchas personas sencillamente elijan otro material.
Así que aquí tampoco tenemos una historia de buenos y malos.
Tenemos una tecnología que resolvió un problema real.
Y después tenemos que mirar qué consecuencias tiene la manera en la que lo hemos resuelto.

Que algo funcione muy bien no significa que dejemos de preguntarnos cómo mejorarlo
Y aquí empieza la parte menos cómoda del proceso tradicional.
La cloración de la lana puede generar en sus aguas residuales compuestos organohalogenados adsorbibles, conocidos habitualmente por sus siglas AOX. Esa ha sido durante años una de las razones para investigar sistemas de tratamiento alternativos y para exigir controles de los efluentes en las plantas que utilizan procesos de este tipo. PubMed Central (PMC)
También es importante actualizar la fotografía completa: los procesos industriales actuales no funcionan necesariamente igual que hace décadas. Woolmark señala que las instalaciones modernas emplean controles de aguas residuales, tratamiento de efluentes y sistemas de gestión química, y presenta el cloro-Hercosett optimizado como una tecnología que sigue utilizándose bajo regulación ambiental. Woolmark
Al mismo tiempo, la búsqueda de alternativas continúa.
Se han desarrollado e investigado procesos con ozono, enzimas, plasma, peróxidos y diferentes recubrimientos o combinaciones de tratamientos, todos intentando resolver una ecuación bastante complicada: reducir el afieltrado, mantener el tacto y las características de la lana, lograr que el resultado sea duradero después de muchos lavados y conseguir que todo ello pueda hacerse a una velocidad y un coste asumibles industrialmente. PubMed Central (PMC)
Y hay un detalle que nos parece bastante significativo.
La versión 8.0 del estándar internacional GOTS, publicada en 2026, prohíbe expresamente la cloración de las lanas dentro de los productos que quieran certificarse conforme a ese estándar. GOTS Live
Eso no significa que una lana certificada no pueda recibir ningún tratamiento para mejorar su resistencia al lavado.
Significa que habrá que conseguirlo de otra manera.
Y quizá esta sea una de las cosas más interesantes de la tecnología: que una solución que durante décadas parecía prácticamente definitiva puede volver a ponerse sobre la mesa cuando cambian nuestras preguntas.
¿Entonces una lana superwash está recubierta de plástico?
Aquí hemos querido pararnos un poco porque es probablemente una de las afirmaciones que más se repiten cuando se habla de este tema.
En el proceso Hercosett sí interviene un polímero sintético. Eso es cierto. La literatura técnica describe una resina de poliamida-epiclorohidrina que queda asociada a la superficie de la fibra. PubMed Central (PMC)
Ahora bien, convertir eso en la frase «toda lana superwash es lana plastificada» nos parece demasiado sencillo por varias razones.
La primera es que, como acabamos de ver, no toda lana superwash tiene por qué haberse tratado mediante cloro-Hercosett.
La segunda es que estamos hablando de un tratamiento superficial microscópico y no de sustituir la fibra de lana por una fibra sintética.
Y la tercera es que volvemos a encontrarnos con algo que apareció ya en el artículo anterior: las palabras que utilizamos para describir los materiales importan muchísimo, porque una simplificación puede ayudarnos a comunicar una idea rápidamente, pero también puede hacernos creer que entendemos un proceso cuando en realidad hemos dejado fuera buena parte de él.
Por eso preferimos quedarnos con una explicación quizá menos contundente, pero bastante más útil:
una lana superwash es una lana cuyo comportamiento frente al lavado y al afieltrado ha sido modificado mediante algún tratamiento, y merece la pena saber cuál.
No parece un titular tan espectacular.
Pero nos permite seguir preguntando.
Y aquí una etiqueta vuelve a quedarse un poquito corta
Después del artículo sobre el petróleo os proponíamos mirar las etiquetas de nuestra ropa y descubrir qué fibras había realmente dentro.
Pues ahora podemos complicar un poco más el ejercicio.
La normativa europea de etiquetado textil está construida fundamentalmente para decirnos qué fibras componen un producto y en qué proporción. Por eso «100 % lana» nos está dando una información concreta sobre la composición en fibras, pero no pretende convertirse en la historia completa de todos los tratamientos y acabados que esa materia ha podido recibir durante su transformación. Eur-Lex
De modo que dos madejas que indiquen exactamente la misma composición pueden no haber recorrido el mismo camino.
Y esto nos parece especialmente interesante porque enlaza con algo que llevamos mucho tiempo intentando explicar desde el taller.
Una etiqueta puede decir muchísimo.
Pero no lo dice todo.
No nos cuenta cómo vivió la oveja, dónde se esquiló, cuántos kilómetros recorrió la lana, cómo se lavó, dónde se hiló, qué tratamientos recibió o qué decisiones se fueron tomando durante todo ese proceso.
Para conocer esas cosas necesitamos algo más que un porcentaje.
Necesitamos trazabilidad.
Necesitamos preguntar.
Y necesitamos que quienes hacemos productos textiles tengamos ganas de contarlo.

Al final volvemos a la misma pregunta: ¿qué necesitamos que haga esta lana?
Esta quizá sea la parte que más nos interesa de todo lo que hemos aprendido preparando el artículo.
Sería facilísimo acabar diciendo que una lana sin tratamientos es siempre mejor que una lana superwash.
Pero volveríamos a cometer exactamente el mismo error que intentábamos evitar cuando hablamos del poliéster.
Porque no existe una única necesidad.
Quizá para un jersey que lavaremos dos o tres veces durante el invierno no nos importe dedicar un poco más de tiempo a cuidarlo.
Quizá para unos calcetines, para ropa infantil o para una prenda que utilizamos continuamente queramos priorizar una resistencia al lavado mucho mayor.
Puede que nos interese saber que el tratamiento se ha realizado sin cloro.
Puede que queramos una lana con la mínima intervención posible.
O puede que, para un proyecto determinado, la facilidad de mantenimiento sea precisamente lo que haga que esa prenda vaya a utilizarse durante muchos años en lugar de quedarse olvidada en un cajón.
Cuanto más trabajamos con lana, menos nos convence la idea de buscar una fibra que sirva absolutamente para todo.
En el taller nos ocurre constantemente.
Llega una lana y tenemos que observar qué longitud tiene, cuánto riza, qué diámetro presenta, cómo abre, cómo carda, cómo se estira y qué hilo podemos construir con ella.
Muchas veces empezamos pensando qué queremos hacer con la fibra y terminamos entendiendo que quizá la pregunta debería ser al revés:
¿qué hace bien esta fibra y para qué tiene sentido utilizarla?
Y seguramente podamos aplicar exactamente la misma pregunta cuando elegimos una madeja.
No necesitamos decidir si superwash es bueno o malo.
Necesitamos saber qué significa, cómo se ha conseguido y si necesitamos esa característica para aquello que queremos tejer.
Porque cuanto más entendemos lo que tenemos entre las manos, más difícil resulta elegir solamente por el color.
Y, para nosotras, eso está empezando a ser una de las partes más interesantes de todo este viaje.
Seguimos aprendiendo…
Y a ti, ¿te cambia algo saber qué tratamiento ha recibido la lana que utilizas?
Te leemos en comentarios.
