Todo lo que no vemos cuando tejemos una madeja

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napas lana en taller artesano lanificios del arroyo natural

Detrás de un hilo hay mucho más que lana. Hay personas, decisiones, tiempo, paisaje y cientos de pequeños detalles que rara vez llegan hasta una madeja y su etiqueta.

Hace unos días, mientras preparábamos unas fotografías para la newsletter, nos pasó algo curioso.

Queríamos enseñar unas bobinas recién hiladas, pero enseguida sentimos la necesidad de hacer también fotografías de las mechas, de la fibra antes de convertirse en hilo y de algunas de las fases por las que había pasado hasta llegar allí.

Al principio pensamos que era simplemente una cuestión estética.
Después nos dimos cuenta de que no.
Era una consecuencia de todo lo que hemos aprendido desde que pusimos en marcha el lanificio.
Cuando empiezas a transformar tú mismo una fibra, ya no vuelves a mirar una madeja de la misma manera.

Y no hablo solo de una madeja de lana.
Creo que ya no miramos igual ningún material.

El hilo terminado suele ser el principio de la historia para quien lo compra. Para nosotros, es casi el final.

Hasta hace unos años, probablemente habríamos cogido una madeja, habríamos disfrutado de su color, de su tacto y habríamos pensado directamente en el proyecto que queríamos proponer para tejer con ella.
Hoy hacemos otra cosa.

Sin darnos cuenta empezamos a hacernos preguntas.
No porque desconfiemos de ese material, sino porque ahora sabemos que detrás de cualquier fibra hay una historia. Y cuanto más conocemos esa historia, más comprendemos el propio material.
Si tenemos cualquiera de nuestras madejas de lana entre las manos, sabemos que, si queremos, podemos empezar a recorrer ese camino hacia atrás.
Podemos preguntarnos de qué raza procede esa fibra, cómo fue el año para ese rebaño, quién cuidó a esos animales, cómo se clasificó el vellón, qué partes se descartaron y por qué, cómo se lavó, cómo se preparó para el hilado y qué decisiones se fueron tomando durante todo el proceso hasta llegar a la madeja que hoy tenemos delante.

Cada respuesta nos lleva a otra pregunta.
Y, casi sin darnos cuenta, vamos encontrando a todas las personas.
Un ganadero.
Una familia.
Un lanificio.
Una tintorera.
Una diseñadora.
Un comercio.
Una tejedora.

La madeja deja de ser un objeto y empieza a convertirse en una red de personas que han ido dejando una pequeña parte de su trabajo en ella.

Antes del hilo existe un recorrido lleno de decisiones que rara vez llegan hasta la etiqueta.

Pero hace poco nos dimos cuenta de algo más.
Ese mismo ejercicio intentamos hacerlo con otros materiales.
Cogimos una madeja fabricada con una mezcla de fibras de una marca reconocida de hilos y empezamos a hacernos exactamente las mismas preguntas.
¿De dónde procede realmente la materia prima?
¿Dónde se transformó?
¿Cuántas fábricas intervinieron?
¿Quién tomó cada decisión?
¿En qué condiciones se produjo?

Y nos sorprendió comprobar que, en muchos casos, ya no éramos capaces de reconstruir ni una pequeña postre de ese camino.
No porque ese material sea mejor o peor.
Ni porque la industria sea, por definición, buena o mala.
Simplemente porque la información que tenemos sobre su historia suele ser mucho más limitada.
Y esa diferencia nos hizo pensar mucho.
Porque, en realidad, la trazabilidad no consiste únicamente en saber de dónde viene un producto.
La trazabilidad es una forma de conocimiento.
Es la posibilidad de comprender un material mucho más allá de lo que pone en su etiqueta.
Y creemos que eso tiene un enorme valor.
No para obligarnos a consumir de una manera determinada.
Sino para poder elegir con más criterio y con más libertad.

Comprender una fibra empieza siempre tocándola, observándola y dejando que nos haga preguntas.

En el lanificio hablamos muchas veces de fibras, de máquinas o de hilaturas, pero, en el fondo, casi siempre estamos hablando de lo mismo.
De comprender.
Porque cuando comprendemos una fibra también comprendemos el paisaje del que procede, los animales que la hicieron posible, las personas que la transformaron y las decisiones que fueron construyendo su historia.
Y eso cambia nuestra forma de mirar una madeja.
Pero también cambia nuestra forma de mirar muchas otras cosas.
Quizá ese sea uno de los mayores regalos que nos ha hecho este oficio.
Pensábamos que habíamos abierto un lanificio para aprender a hacer los hilos.
Con el tiempo hemos descubierto que, en realidad, lo que ha cambiado es nuestra forma de entender los materiales con los que convivimos cada día.
Y creemos que merece la pena compartir ese viaje.
No para deciros qué material debéis elegir.
Ni para convenceros de que uno es mejor que otro.
Sino porque estamos convencidos de que la libertad de elegir empieza cuando conocemos la historia de aquello que tenemos entre las manos.

Seguimos aprendiendo…

Y a ti, ¿te resulta práctico lo que compartimos?
Te leemos en comentarios.

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