Cuando el petróleo parecía la respuesta a todo

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Detrás del poliéster hay mucho más que plástico. Hay petróleo, química, tecnología, decisiones y una historia industrial que transformó nuestra forma de producir y consumir ropa.


Hay una cosa bastante curiosa cuando trabajas todos los días con lana: te acostumbras a que la materia prima te ponga condiciones.

Un vellón llega como llega. La fibra tiene una longitud determinada, un grosor, un rizo, una cantidad de grasa, más o menos restos vegetales y unas características que dependen de la raza, del animal, de cómo ha vivido, de cuándo se ha esquilado y de muchas otras cosas que no podemos decidir nosotras.
Podemos clasificarla, lavarla, mezclarla, cardarla, peinarla, hilarla de una manera o de otra y tratar de sacar lo mejor de ella, pero hay algo que aprendemos bastante pronto en el taller: la fibra siempre tiene la última palabra.

Y quizá por eso, cuanto más conocemos la historia de las fibras sintéticas, más fácil resulta entender por qué en su momento debieron parecer casi una solución perfecta.
Porque durante buena parte de nuestra historia, si queríamos fabricar un tejido primero tenía que existir algo que pudiera convertirse en hilo. Había que criar una oveja, cultivar lino o algodón, criar gusanos de seda, recoger, esquilar, separar, limpiar y esperar los tiempos de una materia que, inevitablemente, dependía de la naturaleza.
Hasta que aprendimos a hacer algo completamente distinto: fabricar la propia fibra.

Ya no había que esperar a que creciera.
Podíamos diseñarla.
Y eso cambia bastante la manera de entender lo que ocurrió después.

Quizá el poliéster no conquistó nuestros armarios por casualidad.

A veces hablamos de las fibras sintéticas desde el presente como si hubiera habido un momento en el que alguien decidió sustituir alegremente las fibras naturales por plástico y ahí hubiera empezado el problema, pero la realidad es bastante más interesante.

Las nuevas fibras ofrecían regularidad, resistencia, facilidad de producción a gran escala y la posibilidad de modificar determinadas características según el uso que se quisiera dar al tejido. Podían secarse rápido, soportar mucha fricción, mantener mejor una forma o aportar unas prestaciones difíciles de conseguir con algunas fibras naturales.

Y además podían producirse de manera continua, sin esperar una cosecha o una esquila.
No resulta difícil entender el atractivo.
De hecho, seguimos utilizando fibras sintéticas para aplicaciones en las que tienen muchísimo sentido, desde prendas técnicas y deportivas hasta equipamiento de protección, textiles sanitarios o materiales industriales.

Así que probablemente la pregunta interesante no sea por qué inventamos el poliéster.

La pregunta es cómo llegamos a utilizarlo tanto.

Porque aquí las cifras empiezan a ser difíciles de imaginar.

En 2024 se produjeron en el mundo alrededor de 132 millones de toneladas de fibras textiles. De ellas, aproximadamente 78 millones fueron poliéster, lo que significa que una sola fibra representó alrededor del 59 % de toda la producción mundial. Y, aunque hablamos cada vez más de alternativas recicladas o de origen biológico, el 88 % del poliéster producido aquel año seguía procediendo de materias primas fósiles.

No estamos hablando del 59 % de las fibras sintéticas.
Estamos hablando del 59 % de todas las fibras juntas.

Lana, algodón, lino, seda, celulósicas, sintéticas y todo lo demás.

Y esa cifra es probablemente la que más nos ha hecho pensar mientras preparábamos este artículo.

Un gesto tan sencillo como leer la etiqueta de composición de una prenda, determina decisiones de compra y el futuro de millones de prendas al año

Una fibra hecha para durar dentro de un sistema que dura cada vez menos.

El poliéster tiene una cualidad que, dependiendo de cómo la miremos, puede ser una virtud enorme o convertirse en parte del problema: es resistente.

Y aquí aparece una contradicción que nos parece mucho más interesante que limitarnos a decir que el plástico es malo.

Hemos conseguido fabricar materiales muy duraderos y después los hemos introducido en un sistema textil que, en muchos casos, hace exactamente lo contrario: producir muchísimo, utilizar durante poco tiempo y sustituir rápidamente.

El problema deja entonces de estar únicamente en la fibra y empieza a estar también en lo que hacemos con ella.

Porque no parece lo mismo utilizar un material sintético durante diez o quince años en una prenda técnica que necesita exactamente esas propiedades que fabricar con él una camiseta prácticamente desechable.

Y esto nos lleva a algo que probablemente tendremos que repetir muchas veces cuando hablemos de materiales: una palabra en una etiqueta nunca explica por sí sola todo el impacto de una prenda.
Importa de qué está hecha, sí, pero también cuánto dura, cómo se ha fabricado, cuánto la utilizamos, si podemos repararla y qué va a ocurrir con ella cuando ya no la queramos.

Y luego están esas fibras que casi no vemos.

Hay otra parte de esta historia que resulta especialmente difícil de imaginar porque ocurre a una escala minúscula.

Los tejidos sintéticos pueden liberar pequeñas fibras plásticas durante su fabricación, su utilización y, especialmente, durante determinados lavados. Son microfibras que pueden acabar entrando en los sistemas de aguas residuales y, finalmente, en el medio ambiente.

La Agencia Europea de Medio Ambiente recoge estimaciones según las cuales entre 200.000 y 500.000 toneladas de microplásticos procedentes de textiles llegan cada año al medio marino mundial. No es una cifra que permita señalar a una lavadora concreta o a una prenda concreta, porque las cantidades dependen muchísimo del tejido, de su construcción, de cómo se lave y de cuánto se utilice, pero sí nos ayuda a entender lo que ocurre cuando repetimos un gesto aparentemente insignificante millones de veces.

Y, de nuevo, volvemos a la misma idea.

El volumen cambia completamente el problema.

Sack of sorted multicoloured shredded plastic garbage at waste recycling factory

Entonces pensamos: bueno, para eso está el poliéster reciclado.

Esta era una de las partes que más curiosidad nos daba cuando empezamos a buscar información, porque seguramente muchas tenemos ya bastante interiorizada la idea de que, si una prenda está hecha con poliéster reciclado, hemos conseguido cerrar al menos una parte del círculo.

Y sí, reciclar un material existente puede evitar la utilización de una parte de materia fósil virgen, pero cuando miramos los datos descubrimos que la historia todavía está lejos de ser tan circular como parece.

En 2024 se produjeron alrededor de 9,3 millones de toneladas de poliéster reciclado, pero como la fabricación de poliéster virgen siguió aumentando, el reciclado representó únicamente alrededor del 12 % del total de poliéster producido.

Y aquí viene el dato que a nosotras más nos sorprendió: aproximadamente el 98 % de ese poliéster reciclado procedía de botellas de plástico.

No de ropa transformada de nuevo en ropa.

Esto no significa que convertir una botella usada en una fibra no tenga utilidad. Significa simplemente que deberíamos llamar a las cosas por lo que son.

Hemos encontrado una segunda vida para esa botella.

Pero todavía no hemos resuelto necesariamente la siguiente vida de la prenda.

Porque reciclar textiles es bastante más complicado cuando una camiseta no está hecha de un único material, sino de una mezcla de poliéster con algodón y elastano, con hilo de coser, etiquetas, estampaciones, cremalleras, botones o acabados diferentes.

Ahí es donde esa imagen tan sencilla de «ropa vieja que se convierte en ropa nueva» empieza a complicarse muchísimo.

Y aquí tampoco queremos caer en la trampa contraria.

Después de leer todo esto sería muy fácil terminar diciendo que deberíamos abandonar las fibras sintéticas y volver simplemente a las naturales.

Pero tampoco nos convence.

Porque natural no significa automáticamente sostenible, del mismo modo que sintético no significa automáticamente absurdo.

Cada material tiene impactos diferentes y cada uno necesita recursos distintos para producirse. Incluso la Agencia Europea de Medio Ambiente señala que las fibras sintéticas, por ejemplo, no necesitan suelo agrícola, fertilizantes o pesticidas durante la producción de la materia prima, aunque presentan otros problemas asociados a los recursos fósiles, las emisiones, los residuos y los microplásticos.

Y con las fibras naturales ocurre exactamente lo mismo: hay que mirar cómo se producen, dónde, durante cuánto tiempo vamos a utilizar aquello que fabriquemos con ellas y qué ocurre después.

Quizá llevamos demasiado tiempo buscando el material perfecto cuando lo que tendríamos que hacer es aprender a utilizar mejor cada material.

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Cada día trabajando con lana de forma directa, es una oportunidad para la reflexión y el cambio.

Esto nos devuelve otra vez al taller.

Mientras escribíamos todo esto pensábamos inevitablemente en nuestra forma de trabajar.

Cuando entra una lana por la puerta del taller no empezamos preguntándonos cómo obligarla a convertirse en cualquier hilo que tengamos en la cabeza, porque ya hemos aprendido que eso suele terminar bastante mal.
La miramos.
La tocamos.
Medimos la fibra.
La lavamos.
Vemos cómo abre.
Probamos cómo carda.
Y poco a poco vamos entendiendo qué puede hacer bien.

A veces llegamos al hilo que imaginábamos al principio y otras veces la propia lana nos obliga a cambiar completamente de idea.

Quizá esa manera de trabajar, que muchas veces nos desespera porque hace que todo sea bastante menos previsible, tenga también algo interesante que enseñarnos sobre nuestra relación con los materiales.

Durante décadas hemos desarrollado una capacidad extraordinaria para fabricar fibras que respondan exactamente a lo que les pedimos.

Ahora quizá nos toca hacernos la pregunta al revés.

¿Estamos pidiendo a cada material aquello para lo que realmente tiene sentido utilizarlo?
Porque mirar una etiqueta y descubrir que pone 100 % poliéster, 70 % algodón, 30 % poliamida o 100 % lana puede ser solamente un dato.

O puede ser el principio de muchas preguntas.

Y últimamente nos interesan bastante más las segundas.

Hemos descubierto que, en realidad, lo que ha cambiado es nuestra forma de entender los materiales con los que convivimos cada día.

Y creemos que merece la pena compartir ese viaje.
 
No para deciros qué material debéis elegir.

Ni para convenceros de que uno es mejor que otro.

Sino porque estamos convencidos de que la libertad de elegir empieza cuando conocemos la historia de aquello que tenemos entre las manos.

Seguimos aprendiendo…

Y a ti, ¿te hace mirar de otra manera las etiquetas de tu ropa?

Te leemos en comentarios.

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